Sí amigos, llega el verano y con él las calores, y con las calores el reblandecimiento cerebral y la manglanitis, que es una variedad autóctona de la flojitis. Variedad pandémica y que se circunscribe a estas fechas en las que se puede freír un huevo en la tapa de una alcantarilla. Y como he pillado una manglanitis de caballo que me tiene atenazadas las meninges y me impide desarrollar cualquier otra actividad intelectual que valla más allá de la mera palpación del escroto o el tacto de gónadas voy a seguir el ejemplo de las televisiones en verano y les mantendré este humilde blog a base de refritos y reposiciones. Para empezar les dejo con un comentario que hace un año por estas fechas escribí para otro blog que suelo frecuentar. Es una história verídica y muy veraniega. Sírvase bien fría.
A veces el devenir nos deja en posturas ciertamente ridículas. Aunque en el fondo la ridiculez no nace más que de mostrarnos ante los ojos de otros tal y como somos, sin mayor pose.
Les cuento un sucedido de esta misma mañana sin ir más lejos. Salí de casa en dirección a la peluquería… qué coño la peluquería, a la barbería, ese tradicional ágora ibérico, para dar buena cuenta de mis greñas. Como hacía calor y no había mucho donde elegir me había puesto mi recien adquirida camisa hawaiana (fue un raptus, a veces vertise con sinécdoques es una forma de acercarse a otros paraisos) y así caminaba yo por una solitaria calle del centro. Delante mia y avanzando en el sentido de mi marcha tan solo una venerable anciana a paso prudente y unos metros más adelante, apostado al cobijo de una sombra frente a una pescadería uno de esos individuos pintorescos que pueblan toda calle centrica que se precie. Camisa habanera por fuera -que el verano tiene sus ritos- y en la cara una mueca burlona. Había algo extraño en su forma de mirar.
De repente el individuo se dirige a la anciana -¡miraaa, detrás tuya viene un mariquita!- la anciana que no reacciona y el individuo de nuevo a la carga -¿tas fijao que viene un mariquita detrás tuya? ten cuidao…- no más que una leve torsión de la cerviz en la anciana y yo que no doy crédito.
La calle estaba desierta. Nadie más en el reparto que el varón joven con camisa hawaiana, la anciana venerable con cardado violeta y el individuo pintoresco con camisa habanera. Supongo que la reacción hispánica cañí hubiera sido un “tú a mí eso no me lo repites” o… "a mí no tiene güevos de llamarme eso ni mi padre”. En lugar de eso yo solo me preguntaba
1) ¿cómo era posible que este individuo pudiese prescindir de su barniz de diplomacia de esa manera?
2) era verdad que la camisa hawaina me daba ese toque… alegre y... sobre todo
3) si quien seguía a la anciana era “mariquita” ¿por qué tendría ella que tomar precaución alguna?
A la tercera intervención del individuo insistiendo en el “ten cuidado” cuando ya la anciana y yo estábamos a su altura, le interpelé -si soy mariquita quien tiene que tener cuidado eres tú, bombón- a lo que el individuo de cuya cara se acababa de borrar la mueca burlona (entonces puede comprobar que lo extraño de su mirada era un severo estravismo) respondió en tono lastimero -nooooo, que no te lodisho a ti, miarmaaaa.
En ese momento miré hacia atrás. A unos



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